El día de 48 horas

Busca un reloj, preferentemente uno de agujas, ponte a observarlo con detenimiento. Espera, espera un poco más… ¿te das cuenta de que no se detiene? Y aunque el reloj se detuviera, solo es un artefacto de medición, lo que no se detiene es el tiempo. Pero el reloj es un elemento simbólico que nos ayuda a entenderlo, le facilita a nuestra mente el tomar consciencia de las horas, los minutos y los segundos que transcurren… cada instante no es un momento más, es un momento menos de vida, y ese es el principal error de concepto que tenemos arraigado, se nos ha enseñado a concebir el tiempo como algo que se suma o acumula, y claro está, para la historia, la matemática, la física y cosmología seguramente es muy valioso medirlo de esa manera. Cada año que pasa es un año más en la línea de tiempo que analizar y medir… pero para nuestra vida, es un año menos. Y debemos tomar consciencia de tal magnitud. El reloj marca la vida que se nos está yendo, no los años que nos están regalando; el reloj indica un segundo que se fue, un minuto que ya no regresa, y no uno que tenemos a cuenta para utilizar más tarde. El reloj es el objeto que de una manera patente y tangible nos muestra como el tiempo nos está arrebatando la vida. Lamentablemente no lo concebimos de esa forma, tenemos una percepción inexacta del tiempo y por eso lo venimos desperdiciando desde hace milenios, ¡festejamos los cumpleaños! Fíjate la estupidez de este ritual... festejamos un año que el tiempo imparable le ha arrebatado a tu vida, y tenemos la idea errónea de un año más, cuando a todas luces se puede dilucidar que es un año menos… si fuera un año más lo tendríamos a cuenta, guardado en un armario para poder disfrutarlo luego.

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